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Mi otro Yo
La mujer, el amor, las fantasías,los sueños, los secretos, las confidencias.
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Sin verla
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La gente habla, murmura, grita, se lamenta. De vez en cuando, alguien suelta una carcajada. Un niño pequeño lanza un chillido y rompe a llorar. Una mujer inicia una serie interminable de rezongos y un hombre le responde con protestas.
A lo lejos, se oye el estruendo de una moto con el escape abierto. Algo más cerca, automóviles que pasan en ambas direcciones. Al acercarse a la esquina, un camión pesado hace sonar una bocina que se parece a la sirena de un barco.
Los sonidos se mezclan, se anudan, se confunden, como en una procesadora gigante; pero yo puedo separarlos, identificarlos uno por uno, porque soy ciego.
Sé lo que pasa más allá de estas cuatro paredes que me rodean, más allá de esta ventana entreabierta durante el verano, de aquel zaguán umbroso y perfumado de malvones que da ingreso a mi casa. El mundo no tiene misterios para mí.
Y gracias a mi ceguera, sé que ella ha dejado de quererme.
Ella, mi mujer, mi compañera, la guardiana de mi salud y mi destino.
Aunque siga alcanzándome los medicamentos, ayudándome a vestirme, preparando mis comidas y acompañándome, sé que ya no me ama.
Sus manos me rozan, pero están desnudas de caricias. Siento su mirada, pero ya no me llega la calidez del amor que había en ella. Hay una serena resignación en su presencia, pero no afecto ni ternura.
Hay otro hombre en su vida, lo adivino, lo presiento.
No puedo ver sus ojos, ni la expresión de su rostro cuando alguien lo nombra, pero no lo necesito. Porque soy ciego, puedo sentir lo que ella siente, puedo percibirlo sin necesidad de verla. Lo noto por el acento de voz cuando pronuncia ese nombre. Por las vibraciones que adquiere cuando habla de él, opina sobre él, comenta cosas sencillas y triviales que lo involucran de cualquier manera.
Piensa en él. Lo adivino cuando se queda callada y sus silencios se extienden cargados de nostalgias, nostalgias de esos momentos que quisiera compartir con él y no puede. No puede, porque estoy yo.
Está sufriendo: sé que está sufriendo. Me entristece, pero no voy a hacer nada para aliviar su sufrimiento. Aún sin alegría, aún resignada y doliente, ella seguirá aquí, a mi lado, acompañándome, cuidándome, atendiéndome. Porque yo la necesito y la amo; aunque parezca que mi amor es egoísta y mezquino. No voy a dejarla ir.
Me refugio en las sombras cargadas de sonidos y percepciones que me rodean y decido que ella seguirá siendo mía para siempre. Porque sé que nunca se atreverá a decirme que no me ama. Y yo jamás le diré que sé que la he perdido.*** |
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Publicado por Sara Noemi el 10 de Enero, 2007, 3:56
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La gacela fugitiva
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“Finalmente, he comprendido que es inútil continuar esperando. La paciencia es una gacela esquiva que huye raudamente para buscar refugio entre los árboles del bosque”.
Punto final. Enter. Cerrar el programa. Apagar el equipo.
Con los ojos humedecidos por las lágrimas, se puso de pie y abandonó el pequeño cuarto que le servía de escritorio. Recorrió la casa en penumbras hasta llegar a la puerta y salió a la calle, solitaria y silenciosa.
Solo se veían algunos autos y sus conductores, anónimos e indiferentes, manejaban mirando al frente, aferrados al volante como si de ello dependiera su vida. Los imaginó ansiosos por llegar a los hogares donde, seguramente, los aguardaba una reconfortante cena en la mesa familiar.
Pero no los envidió. Había tenido un hogar, también, y una familia; había preparado almuerzos y cenas, había sido hija, esposa, madre, pero todo había pasado a ser una serie de recuerdos grabados en el disco rígido de su memoria.
No añoraba el hogar, pero sentía el peso de la soledad como una cruz invisible que cargaba sobre los hombros.
Las sombras de la noche se estiraban a su paso, lentas y perezosas. Se enredaban en las ramas de los árboles, convertidos en gigantes de aparatosos brazos abiertos. Se ocultaban en los zaguanes, transformados en monstruos de bocas desdentadas que se abrían amenazando devorarla. Eso le había dicho su madre, cuando era niña: “cuidado con los zaguanes, sirven para que se oculten los delincuentes y los asesinos, acechando para atrapar a alguien”. Sonrió al recordarlo.
No tenía miedo. Una vez finalizada su infancia, nunca lo había tenido. Ahora, dicen los periódicos que los maleantes se esconden en las plazas, entre los autos detenidos, detrás de los contenedores con escombros de las viejas casas que han sido derruidas para construir otras nuevas en su lugar. Pero, pensó, ¿a mí, qué pueden robarme? El único tesoro que le había quedado, el único que había conservado con esperanzado anhelo, el que había cuidado tercamente, empecinadamente, obstinadamente, a lo largo de días, semanas, meses, milenios de paciencia, había sido la esperanza del regreso. Del regreso del hombre. De la voz del hombre, otra vez cercana y cálida, preguntándole, respondiéndole, comentándole pequeñas cosas triviales, nimias, que para ella serían tan valiosas como la más importante de las confesiones.
La bocina de un auto la sobresaltó. Entonces, se dio cuenta de que había estado a punto de cruzar la calle sin mirar, guiándose simplemente por la ausencia de sonidos y por la no poco razonable suposición de que a esa hora ya no había riesgo de ser atropellada por una conductor apresurado. Había sido un error. Igual que la espera, igual que la paciencia, igual que todo aquel monto inconmensurable de amor y de ilusiones depositados en esa presencia elusiva y casi fantasmal cuyo nombre le dolía como una daga clavada en el alma.
Pero, recordó de repente, él le había prometido el regreso. Había una conversación pendiente. Había preguntas en su corazón, esperando las respuestas que él le había asegurado, con su sonrisa cálida y la diáfana sinceridad de sus ojos castaños, la última vez que se vieron. Preguntas que él no tuvo tiempo de responder. Que no pudo responder. ¿Qué no quiso responder?
Da lo mismo, se dijo, mientras dudaba unos segundos entre ingresar a la agencia de remises para esperar un auto que la llevara hasta el centro, o aventurarse en el parque silencioso y oscuro, posible hospedaje de ignotas amenazas.
Por unos segundos, levantó la vista y vio la luna en el cielo, una luna llena enorme y redonda, brillando con audacia, desvergonzada, valientemente, en medio de un firmamento de terciopelo negro.
Al bajar la vista de nuevo, le pareció ver una gacela de silueta esquiva, que antes de ingresar entre los árboles de la plaza se volvía a mirarla. Sin dudarlo más, cruzó la calle y se internó entre las sombras ominosas del parque. Tal vez allí, se dijo, encontraría las respuestas que el hombre no había querido darle. Tal vez.**
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Publicado por Sara Noemi el 25 de Noviembre, 2006, 21:16
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En la Montaña
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Ella siempre había deseado subir por el caminito empinado que llevaba a la cumbre del cerro, pero nunca se había atrevido. Cuando era pequeña, se quedaba horas de pie, mirando con ojitos curiosos el andar parejo y firme de los jóvenes que subían por el primer tramo del sendero, entre risas y comentarios en voz alta.
“No hay nada que deba interesarte allá arriba”, le había dicho la madre, respondiendo a sus inquietudes infantiles.”Todo lo que una mujer desea en la vida, está allá abajo, en el pueblo”, le decía. Pero no le explicó de qué se trataba.
En la adolescencia, muchas veces sus vecinas, sus compañeras de escuela y algunas amigas de otros pueblos que se acercaban a pasar allí sus vacaciones, la invitaban a subir con ellas. Pero la madre continuaba firme en la negativa, y ella no se atrevió a contradecirla.
Con el paso del tiempo, juntó coraje para preguntarle qué era lo aquello que debía estar esperándola en el pueblo, que para entonces crecía a un ritmo sostenido y había transformado en una ciudad. Entonces, la madre le dijo: “Si aún no te has dado cuenta es porque todavía no estás en condiciones de comprenderlo”.
Años más tarde, resignada ya a permanecer en el poblado pintoresco donde había crecido, hizo lo que todas las mujeres hacen, más tarde o más temprano: enamorarse, hacer el amor, tener hijos, criarlos, verlos crecer y alejarse en busca de su propio destino. Sólo que ella no imitó a su madre. No intentó convencerlos de la importancia de quedarse, de esperar ese algo desconocido e ignoto que a lo largo de su vida había
continuado siendo un misterio. En cambio, los dejó ir, libremente, sin condicionamientos ni prevenciones.
Pero ahora estaba sola. Y de repente, volvió a sentir el apremiante deseo de iniciar el ascenso por el senderito de piedras, bordeado por arbustos espinosos y setos con flores silvestres. Se acercó despacio, con pasos lentos y cautelosos, y se quedó largo rato de pie, observando el estallido de color de las flores y sintiendo como el aroma salvaje de la naturaleza la iba impregnando lentamente.
Por fin, empujada por una fuerza que se incrementaba con cada paso, fue ascendiendo sin vacilaciones, respirando con avidez el aire límpido y sereno, disfrutando del viento que golpeaba su rostro y enredaba sus cabellos, vibrando con un placer que nunca antes había conocido, un placer primitivo, sencillo y armonioso, desconocido para ella.
Miraba hacia arriba y veía el cielo azul-celeste, bordado con nubes color nieve y destellos dorados del sol que se escondía furtivamente en el horizonte, más allá de unas cumbres que parecían alejarse a medida que avanzaba. Sin embargo, no se sintió cansada, sino profundamente feliz.
Cuando se volvió para mirar el paisaje que iba quedando a sus espaldas, pudo ver con claridad los perfiles de la ciudad que se extendía mucho más allá del lugar donde había iniciado su camino. La vio hermosa, elevándose altanera y espléndida, pletórica de vida y de movimiento, y sintió que, aún sin conocerla, también la amaba.
Respiró hondo, dejó escapar un largo suspiro y de repente supo, instintivamente, lo que su madre nunca le había dicho. Algo que hacía importante y valioso aquel ascenso, algo que otorgaba sentido al resto de su vida.
Supo que allá abajo, en la ciudad, había hombre esperando. Un hombre esperando a una mujer. Y que esa mujer esperada era ella...aunque, tal vez, él aún no lo sabía.
Con una alegría cristalina y pura llenándole el alma, inició el descenso. Las sombras de la tarde proyectaban caprichosos dibujos en el sendero, mientras ella canturreaba una vieja canción que hablaba de amor y de esperanzas.***
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Publicado por Sara Noemi el 23 de Octubre, 2006, 1:45
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En la playa
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En la playa
La mujer abrió la ventana de la cocina y el sol de finales de otoño le entibió el rostro. Se quitó el delantal y repasó mentalmente el inventario de su vida: en la sala estaba su marido, mirando un partido de fútbol por televisión. En la habitación del fondo, su hija escribía cartas de amor al enamorado de turno. En el otro cuarto, el hijo adolescente fumaba sentado junto a la ventana abierta, para evitar que el humo delatara su falta. El perro dormía la siesta al sol, dichoso como sólo los perros pueden serlo.
La mujer recordó que en pocos días sería su cumpleaños y se sintió triste.
Se deslizó en silencio hacia el patio, cruzó la puerta de rejas que le franqueaba el paso hasta el jardín y atravesó la acera. Empezó a bajar despacio por la callecita empedrada que conducía a la playa. Se quitó los zapatos y caminó en la arena húmeda, pensando.
Entonces, apareció el hombre. Era delgado, bronceado, y el viento marino le revolvía los cabellos plateados. Cuando estuvieron cerca, vio que sus ojos eran marrones y le pareció que la miraban con ternura. La saludó con un movimiento de cabeza, agitando una mano, y continuó trotando.
La mujer lo miró mientras se alejaba, sintiendo que ya lo conocía de antes, de algún pretérito tiempo en que aún tenía el cabello castaño y era joven y hermoso. Las huellas de los pies masculinos quedaron grabadas en la arena, dibujando un camino que conducía quién sabe hacia dónde.
Se sentó junto al único árbol de la playa y empezó a escribir los nombres de todos los hombres que habían amado a lo largo de su vida. Vaciló unos minutos y se quedó mirando el vaivén de las olas, que retrocedían y avanzaban, ganando espacio en la arena. Volvió a inclinarse y dibujó el nombre de aquel que se había cruzado con ella en la playa.
Después, se levanto despacito y permaneció allí, mirando cómo las olas iban borrando una a una las letras, llevándose las huellas de las pisadas para dejar a cambio un sinnúmero de conchillas de colores.
Regresó a su casa, lentamente. Cuando llegó, lo primero que oyó fueron los gritos de su marido y su hijo, festejando un gol de su equipo favorito. Desde el cuarto de su hija llegaba una melodía romántica, que hablaba de promesas de encuentros amorosos. Recordó al hombre de la playa y se sintió feliz.
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Publicado por Sara Noemi el 20 de Octubre, 2006, 5:23
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Sueños
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Sueño que voy a verte. Sueño que me sonríes con esa sonrisa feliz, cordial y generosa que pone castañuelas en mi alma. Sueño que te saludo con un beso. Y ese beso tímido y fugaz me transmite la tibieza de tu piel y pone fin al desvelo de la espera.
Sueño que me hablas. Y el sonido de tu voz es como la vibración musical de un teclado bajo las hábiles manos de un artista, que atraviesa mi piel, se funde en mis entrañas y se transforma en arpegios de dicha y fantasías.
Sueño que te miro, y la reconstrucción paciente y generosa de tu rostro, de tus ojos, de los movimientos de tus manos, se convierte de nuevo en esa fuente de placer que fue siempre mirarte. Descubrirte. Reconocerte y volver a enamorarme, como la primera vez que te cruzaste en mi camino.
Sueño que te hablo. Sueño que absorbes con avidez cada una de mis palabras. Tus ojos siguen atentos mis gestos, mis ademanes, mis movimientos, como si quisieras atesorarlos en tu retina para rescatarlos cuando ya no me tengas cerca. Sueño que me escuchas y me entiendes, más allá de lo que diga, más allá de lo que me guarde en el silencio.
Sueño que te importo. Sueño que me amas. Sueño que te estoy soñando... Y ese sueño, sueño que soy feliz. |
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Publicado por Sara Noemi el 16 de Octubre, 2006, 1:58
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El cajón de los recuerdos
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Hace frío. Las calles están casi desiertas.
La gente se ha refugiado en el calor acogedor de sus hogares, tras las puertas cerradas y los postigos protectores. Camino lentamente, las manos en los bolsillos, pensando.
Por alguna razón inexplicable, de repente he sentido necesidad de pensar en ti.
Me dirijo al armario donde tengo guardados los recuerdos, busco el cajón señalado con tu nombre, lo abro, y te encuentro allí, esperando.
Chiquitito, encogido, arrebujado entre el algodón del tiempo y la tibieza de la nostalgia, como siempre.
Lo primero que veo son tus ojos, vivaces, inquisitivos, con esa mirada suspicaz que me recorre y me atraviesa, hurgando en mi interior para saber qué estoy pensando, qué siento y qué puedo llegar a sentir en unas horas. Adivinándome. Poseyéndome. Igual que antes.
Después, llega tu voz.
Quisiera describirla, pero fracaso en la búsqueda de sustantivos, de adjetivos y de adverbios que puedan definirla de manera apropiada. No puedo decir cómo es tu voz.
Aunque sí la siento, como una corriente cálida ingresando a mi organismo, estremeciéndome con una emoción recuperada de los tiempos pretéritos que vivimos juntos, que lloramos juntos, que perdimos juntos. Los tiempos que dejamos ir.
Me estás hablando, saludándome, preguntándome cómo estoy. Y no encuentro palabras para responderte.
Enmudezco, estrangulada por la mano gigante del dolor, de ese dolor que elegimos voluntariamente, incondicionalmente, irremediablemente, aquella última tarde que nos vimos frente a frente, que nos dimos la mano, que nos dimos un beso de despedida.
Aunque no dijimos que era de despedida. Pero los dos sabíamos que era el adiós.
Entonces, recuerdo por qué no había querido abrir este cajón de recuerdos durante tanto tiempo: fue porque junto con tu nombre, junto con tu imagen, junto con las anécdotas de los días que vivimos, estaba guardado el dolor.
Ese dolor tan terriblemente pesado, denso, agobiante, que apenas puedo soportarlo.
Tú me dijiste: abre el cajón de los recuerdos cuando el dolor ya no pueda lastimarte,
y deja que los recuerdos te acompañen transitando por la vida.
Pero me doy cuenta que no ha llegado el tiempo aún, de permitir que estos recuerdos me acompañen.
El dolor quema todavía. La herida sangra, lenta, irremediablemente.
Cierro nuevamente el cajón y me alejo del mueble, retrocediendo con los ojos llenos de lágrimas. Ahora, sólo me queda seguir esperando.*
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Publicado por Sara Noemi el 27 de Septiembre, 2006, 3:19
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Historias...
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La vida continúa
Te extraño. Sé que te sonará absurdo, tal vez hasta te haga sonreír, pero el día se ha hecho demasiado largo, penoso, sombrío, por sólo ese simple hecho de no haberte visto.
Aunque fuera como siempre, fugazmente, apenas un segundo, el tiempo suficiente para vislumbrar tu mirada buscándome, tu sonrisa esbozada mostrando la complacencia por el encuentro, y quedarme allí, sintiendo que mi corazón late más aprisa y puedo sentirme contenta por cualquier pequeña cosa que suceda en los minutos siguientes.
No te vi. En este día nublado, por momento parecía que el cielo lagrimeaba, lentamente, mojando las calles sucias que a cada instante cruzaban decenas, centenares, de automóviles del mismo color que el tuyo, pero absolutamente vacíos para mí. Parecía que el cielo compartía mi tristeza y mi decepción.
No hay porqué decepcionarse, si no hubo promesas de ningún tipo entre nosotros, ni directas, ni veladas, ni encubiertas. Solamente hubo una sensación de vértigo en dos miradas que se tropezaron un instante, que se evadieron al siguiente, que -me temo- seguirán evadiéndose asi permanentemente. Salvo en esos segundos, cuando pasas por delante de mi casa sin detenerte.
Ahora, cae la noche. ¿Qué estarás haciendo? No tengo modo alguno de saberlo. La vida continúa. Por un lado en tus espacios familiares, cálidos, ocupados, llenos de ruidos y de movimiento. Por otro lado, en mi espacio, entre mis libros, mis papeles en blanco, mis manuscritos, y esta nostalgia que no tengo con quién compartir.**
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Publicado por Sara Noemi el 23 de Septiembre, 2006, 23:03
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Te recuerdo
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A veces, de repente, te recuerdo.
Te apareces de improviso, hombre perdido en el remolino de los tiempos, tal como eras entonces, cuando yo te amaba.
Las imágenes me invaden, me poseen, me dominan, con una fuerza dolorosa y despiadada.
Te apareces tú.
Aparece tu rostro, con aquella expresión mezcla de desconfianza y de ternura con que me estudiabas mientras te confiaba mis pesares.
Tu frente, donde un intrincado dibujo de tiempos, de preocupaciones y de penas se asentaba sin resistencia alguna.
Tus ojos, en los que la obstinada decisión de mostrar una dureza inexistente sucumbía ante la audacia de aquel amor tardío que te negabas a aceptar como parte real del bagaje de tu vida.
Tus labios, luchando por negarse a la búsqueda del beso, a la entrega de las palabras de cariño que temías como un lazo corredizo apretado a tu cuello.
Tu cuerpo amado. Tu cuerpo deseado en abrazos tantas veces contenidos, controlados, dominados por la férrea decisión de esperar la llegada de tus tiempos, esos tiempos que nunca pudieron emparejarse con los míos, esos tiempos devenidos en esperanzas defraudadas, abortadas, diluidas en el paso de los días, las semanas y los meses, incineradas en medio del fuego de una pasión que no pudo ser apagada por tus besos.
Tu voz, llega también. Tu voz como un vino caliente y turbio, embriagadoramente fuerte, llenándome los poros, ingresando al torrente de mi sangre encendida por el deseo de sentirte mío, de compartir tu mundo, de saberte compañero final de este sendero sin retorno que es la vida.
Pero no pudo ser. No lo quisiste. Te negaste a pronunciar las palabras adecuadas. Te negaste a aceptarme, a reconocerme, a involucrarme en tu universo. Y entonces me forzaste a decir una sola, simple, trágica, terrible, dolorosa, imponente palabra que barrió como un huracán las vacilantes ilusiones que aun se empecinaban en conservar su espacio entre nosotros. Dije "adiós".
El tiempo se fue extendiendo como un desierto de límites infinitos, tu imagen se fue diluyendo, volatilizando, evaporando, convirtiéndose en pasado. Transformándose en fantasma. Ese fantasma que regresa sin aviso previo, furtiva y silenciosamente, cuando menos lo espero.
Es así de simple.
A veces, de repente, te recuerdo. Y corroboro, una vez más, que el único amor que se mantiene incólume a través de los tiempos es el que no pudo consumarse.
Las lágrimas aún mojan mi rostro al evocarte. Y pronuncio tu nombre en voz muy baja, quedamente, como un rezo, para que nadie pueda descubrir quién fuiste.
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Publicado por Sara Noemi el 15 de Septiembre, 2006, 22:05
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